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España, al borde del precipicio
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España, al borde del precipicio

Por J. M. Martínez de Haro
jueves 07 de enero de 2016, 00:16h

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La etapa de inestabilidad surgida tras las elecciones del 20D nos sitúa otra vez al borde del precipicio donde se estrellaron las ilusiones de generaciones enteras de españoles que vivieron con amargura el fracaso colectivo en diversos momentos de nuestra historia. Hoy, parece que ya estamos cansados de la reconciliación y tocan a rebato las trompetas de la revancha y el ajuste de cuentas.

Tras largos años y siglos de evolución, España es el único país de Europa donde se mantiene intacta toda la capacidad cainita y destructora. Después de tantos años vividos ya nada me causa asombro. Menos aún la actitud de los nuevos políticos ungidos por el toque de todos los salvadores que en España ha habido. Y ha habido muchos.

Lo único que parece importarles es que el rencor y la revancha encuentren el modo de joder todo lo que huela a normalidad, a convivencia, a sonrisa, a civismo y reconciliación.

Hemos pasado largos siglos ocupados en procesos de reconciliación y aún no hemos logrado hacerlos realidad. Desde las guerras borbónicas y austracistas a comienzos del siglo XVIII, para después matarnos a degüello en aquellas otras interminables del siglo XIX entre isabelinos y carlistas y entrar en pleno siglo XX en la sangría fratricida de 1936.

Ya estamos muy cansados de repetir cada cuarenta años el toque a rebato de las trompetas de la revancha y el ajuste de cuentas a mansalva. De abrir nuevas heridas hurgando en las viejas cicatrices.

No sé si merece la pena intentar comprender este país. Uno ha viajado por todo el mundo y ha encontrado otros países donde ha sido posible restañar las heridas, las guerras, las derrotas, los fracasos, todo aquello que hace inviable la pacífica convivencia y la alegría de vivir.

Esta no es la España que un día, no muy lejano, realizó un esfuerzo titánico para avanzar sin miedos hacia las anchas avenidas de la concordia. Pero, al parecer, aún quedan pendientes las cuentas de hace ochenta años. Porque no se olvida, porque no se perdona, porque no hay atisbo de reconciliación para ideologías que mantienen viva una memoria selectiva en sus entrañas.

Solo así se comprenden los lamentos que presagian otra etapa de inestabilidad y de congojas tras las elecciones del 20 de diciembre. Porque no hay la más mínima señal de que en España sea posible lo que en otros países es totalmente normal.

La miopía, la estupidez y arrogancia de la derecha. La intransigencia, el sectarismo y el oportunismo de la izquierda moderada, y las ansias devoradoras de la otra izquierda revolucionaria y populista, no dan para más.

Y así, en este momento crucial de Europa y del mundo, España se ha fragmentado desde posiciones irreconciliables, tal como ha certificado el secretario general del PSOE desoyendo voces expertas de su propio partido que le alertan de los peligros de su actitud, para el PSOE y para España.

Tampoco cabe esperar algo del bloque de extrema izquierda cuyo objetivo anunciado es liquidar la España constitucional de 1978 y el sistema político surgido de la Transición. Las demás fuerzas políticas, ensimismadas en su ineptitud, no alcanzan suficientes escaños para lograr la mínima estabilidad de gobierno.

Nos encontramos otra vez al borde del mismo precipicio donde se estrellaron las ilusiones de generaciones de españoles que vivieron con amargura el fracaso colectivo. Somos expertos en esos fracasos. Y cuando alguna vez logramos encontrar el camino para salir adelante, surgen, como ahora mismo, los viejos demonios de nuestra Historia que siguen vivos a pesar de siglos de tormento.

En fin, parece que estamos llamados a enterrar todo lo que supuso creernos hermanados por algún vínculo más allá de las ideologías. Estamos llamados a cerrar en una caja de plomo las horas, los días y los años de felicidad que los españoles logramos cuando los viejos demonios dormían en la oscuridad de sus grutas.

Pero les hemos despertado y vienen a agriar nuestra leche y a desertizar los sueños. Algunos habrán de lamentar tanta quimera.

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