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La última cena

Irene Adler Spinelli | Miércoles 28 de noviembre de 2018
Era una noche fría de principios de invierno. Los cristales de la pequeña casa de comidas comenzaban a enturbiarse; las calles comenzaban a quedarse solitarias y se antojaban aún más frías al alma.

Una mujer se acerca a un grupo de hombres que charlan despreocupados alrededor de la cena.

–Buenas noches señores –comenzó a hablar la mujer con suave y delicada voz–. No se levanten –prosiguió–. ¿Estaba todo a su gusto? No hace falta que contesten, se lo aseguro, déjenme comentarles una recomendación a mi humilde parecer –dijo la mujer con el mismo tono de voz, pero algo en su sonrisa, antes dulce.

Hizo que los hombres sintieran un escalofrío. Ese rostro que hace un momento era bondadoso, ahora reflejaba el hielo de la muerte.

–Deberían hacer sus comentarios siendo más cautos. En esta cuidad las calles tienen ojos, las paredes oídos y nos conocemos todos. Nadie está libre de pecado, y es lo que lo hace tan peligroso –la voz seguía siendo suave, pero el sonido de sus palabras contenían notas de veneno.

Los señores allí reunidos, atónitos, intentaron balbucear, pero con el destello de odio que despedían sus ojos, la mujer los silenció.

–No, por favor, no pongan cara de sorprendidos. Tampoco intenten buscar palabras para desmentirlo. Sé perfectamente lo que he oído. Tampoco intenten (se repite en la primera línea, yo pondría “No pretendan/quieran”) excusarse. La pala manchada de barro y sangre no está en mis manos, al igual que el hoyo no fui yo quien lo cavó.

Frío. Los señores que hace un momento charlaban y reían ahora solo tenían frío. No oían, no sentían, no se podían mover. En ese lugar tan solo había frío para ellos.

–¿Están escuchando? –dijo (para que no se repita pondría “advirtió/indicó”) la mujer.

Los hombres agudizaron al máximo sus sentidos, pero no eran capaces de entender qué estaba sucediendo. Solo sentían sus músculos helados y una sombra de miedo irracional comenzaba a calar profundamente en sus almas.

–¿No? Las campanas tocan a muerte –dijo (pondría “sugirió o advirtió si no lo has utilizado en el párrafo anterior) la mujer con una cruel sonrisa. El veneno en su mirada heló sus corazones–. Acaben su cena y descansen. Mañana quizás (es correcto decir quizá o quizás, pero es más correcto poner “quizá”) no encuentren su ánima.

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