El Consejo de Ministros ha declarado el uso del braille en las lenguas españolas como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. Esta decisión, impulsada por la comunidad invidente, busca garantizar la continuidad y difusión de este sistema de lectoescritura, fundamental para el ejercicio de derechos culturales y la identidad de sus usuarios. A pesar de su arraigo histórico, el braille enfrenta riesgos como el desconocimiento sobre su valor y la preferencia por soluciones digitales. Con dos siglos de trayectoria, el braille se adapta a nuevas necesidades sin perder su esencia, siendo clave para la inclusión y empoderamiento de las personas con discapacidad visual.
El Consejo de Ministros ha dado un paso significativo al aprobar, a instancias del ministro de Cultura, Ernest Urtasun, y el ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy, un Real Decreto que reconoce el uso del sistema de lectoescritura braille en las lenguas españolas como una Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial.
Esta iniciativa surge desde la propia comunidad portadora del braille, cuyo papel es crucial para legitimar, difundir y asegurar la continuidad de este patrimonio cultural que trasciende su funcionalidad. Este reconocimiento tiene el potencial de convertir el braille en un elemento esencial para el ejercicio de los derechos culturales y la consolidación de un acervo inmaterial vital.
El uso del braille está determinado por sus características inherentes, así como por la manera en que lo vive y transmite la comunidad invidente. Esta comunidad es una protagonista activa que reconoce, transmite y preserva esta manifestación cultural que define su identidad mediante su experiencia y memoria colectiva.
No se trata simplemente de un mecanismo de decodificación; el braille se experimenta sensorialmente, estableciendo una conexión íntima y única con el conocimiento a través del tacto. Para las personas con discapacidad visual, este sistema se convierte en una parte fundamental de su identidad, asimilándose desde los primeros años de vida. Además, se refuerza en espacios comunitarios como los clubes de braille promovidos por la ONCE España, donde usuarios, profesionales y familiares comparten conocimientos y experiencias que garantizan su continuidad.
A pesar de contar con un profundo arraigo histórico y social, el braille enfrenta actualmente varios riesgos que amenazan su supervivencia. Entre estos desafíos se encuentran el desconocimiento general sobre su valor educativo y cultural, así como la creciente preferencia por soluciones digitales —como textos electrónicos o lectores de pantalla— que podrían desplazar el aprendizaje táctil si no se integran adecuadamente.
Además, existen dificultades para acceder a materiales específicos y recursos necesarios para su mantenimiento. La migración hacia herramientas tecnológicas más modernas también representa un reto, así como el uso del braille como mero elemento decorativo o comercial, lo cual trivializa su importancia como sistema comunicativo.
El braille es un alfabeto que permite la lectura y escritura en cualquier lengua. Introducido en España en 1840, no fue reconocido oficialmente hasta 1918 como método para personas invidentes.
Este sistema es único porque permite a las personas ciegas o con deficiencia visual grave comunicarse entre sí por escrito y acceder a información en su lengua materna de forma autónoma. A lo largo de dos siglos, ha demostrado ser un sistema dinámico que evoluciona constantemente. El aprendizaje del braille se transmite entre generaciones desde la infancia hasta la adultez, enriqueciendo cada experiencia lectora según el contexto social y cultural actual.
El Consejo de Ministros ha declarado el uso del sistema de lectoescritura braille en las lenguas españolas como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, con el objetivo de garantizar su continuidad y promover su reconocimiento cultural.
Este reconocimiento permitirá convertir el braille en un elemento clave para el ejercicio de derechos culturales, contribuyendo a la inclusión, autonomía y empoderamiento de las personas con discapacidad visual.
A pesar de su arraigo histórico, el braille enfrenta riesgos como el desconocimiento sobre su valor, la preferencia por soluciones digitales que pueden desplazar su uso, y la dificultad de acceso a materiales específicos.
El braille se introdujo en España en 1840, aunque no fue declarado método oficial para la lectura y escritura de personas invidentes hasta 1918.
El aprendizaje del braille se transmite entre generaciones desde la niñez hasta la madurez, enriqueciendo cada experiencia lectora según el contexto social y cultural.